Monday, January 01, 2007

Revista El Sabado, 30 de diciembre

El tesoro oculto de Juan Downey


Mientras triunfaba en el extranjero, su talento era casi desconocido en nuestro país. fue un adelantado a una época y hoy se le reconoce como el precursor del video arte. Ahora, su obra se exhibe en el emblemático museo español Reina Sofía. Chile podrá saldar su deuda el próximo año, cuando parte de su trabajo sea expuesto en Santiago. Por Marcela EscobarEl escritor Sergio Marras no sabía quién era aquel hombre que le ofreció alojamiento, a comienzos de los '80, cuando visitó Nueva York sin tener contactos en la ciudad. Sabía que era chileno y que era artista, porque el pintor Eugenio Téllez los había presentado. Pero no imaginó que estaba frente a uno de los grandes innovadores del arte contemporáneo ni, menos, que lo que viviría junto a él lo marcaría de por vida.Juan Downey recibió a Marras en su gran loft, que era a la vez casa y taller y que compartía con su esposa, la cubana Marilys Belt. Le asignó al recién llegado un rincón sobre el piso de cemento, le pasó llaves y le advirtió: "Si vuelves tarde, ten cuidado de no pisar a la visita que llegará esta noche". Marras fue obediente. Cuando regresó sintió, en medio de la oscuridad, la respiración del otro alojado que dormía en el suelo. Su sorpresa sería mayúscula cuando por la mañana vio a un indio yanomami, completamente desnudo, bañándose con el sol que entraba por la ventana.–Era el primero que veía en mi vida. No hablaba castellano ni inglés. De la jungla había pasado a Manhattan; era su primera vez en muchas cosas: la ciudad, el vuelo en avión, los hombres blancos, los jeans, las zapatillas. Compartir con él fue una experiencia marcadora. Nació en mí otra manera de ver el mundo que ha estado siempre presente en todo lo que he hecho después. De alguna forma, gracias a Juan Downey.Ese hombre desnudo era el protagonista de Yanomami Healing I & II, el fotomontaje y videoinstalación que el artista Juan Downey realizó luego de pasar meses viviendo con esta tribu de la selva amazónica, entre 1976 y 1977. El mismo artista que ahora, a trece años de su muerte, se convierte en el primer chileno en formar parte de una exposición en el prestigioso museo español Reina Sofía, que inauguró en noviembre una muestra con la primera generación de creadores que usó el video como medio artístico. Downey fue, justamente, uno de los precursores de este formato. Y el próximo año, en mayo, una obra suya lo traerá de vuelta a Chile, como parte de la muestra grupal "Transpacífico", organizada por el crítico cubano Gerardo Mosquera para el Centro Cultural Palacio de La Moneda. Un avance antes de que se concrete una nueva exhibición personal del artista.Pese a gozar de reconocimiento internacional –sus obras están en los principales museos del mundo–, en Chile no es conocido masivamente. "Se le dio pelota a la chilena, o sea nunca como él se lo merecía", argumenta Marras, quien luego de su experiencia con el yanomami colaboró con Downey en algunos trabajos artísticos, como The looking glass, que próximamente Marras reunirá en un libro. Una de esas imágenes es la que abre este reportaje.Downey llevaba tiempo viviendo fuera cuando conoció a Marras. Pero todo lo que llegó a ser –un artista atrevido, un explorador de nuevas formas de expresión– lo demostró acá, desde niño, desde que aprendió a relacionarse con la naturaleza a través del arte.HERENCIAS DE FAMILIAJuan Downey es el penúltimo de los ocho hermanos Downey Alvarado, una familia descendiente de irlandeses con evidentes motivaciones artísticas. Juan nació en 1940 y, junto a su hermano menor Ramón, se convirtió en un regalo para un par de padres maduros. Así lo recuerda su hermana Ana Rosa, quien vio cómo Juan tocaba el piano desde muy pequeño y se fascinaba con las tareas que el padre, arquitecto, les asignaba a los hijos.–Mi papá nos hacía coleccionar piedras y mirarlas, mirar el río que pasaba por el lado de nuestra casa. Yo sé que Juan hasta el final recordaba que nuestro padre le había dado una misión. Era un desafío: él esperaba que mi hermano fuera un gran artista.Pese a esos anhelos, la obra del joven Downey –quien comenzó pintando óleos y realizando grabados, pero rápidamente derivó a las instalaciones y al video– no era comprendida del todo por sus padres.–Ellos eran bastante mayores –justifica Ana Rosa Downey–. Captaban la belleza de las cosas que él les hacía ver, pero de todas formas su obra era algo distante para ellos. Le costaba especialmente a mi madre, quien vivió más tiempo. Pero cuando Juan supo que la mamá había muerto, él le dedicó un video sobre Bach, muy hermoso. Estoy segura de que ella lo habría disfrutado.Downey estudió en el colegio Saint George y luego cursó Arquitectura en la Universidad Católica. Se titularía de arquitecto igual que su padre, pero era el arte –en toda su multiplicidad– lo que realmente se sentía llamado a hacer. Por eso, luego de una exposición de sus trabajos en el Parque Forestal, decidió partir a Europa. Por entonces, Downey pintaba óleos, similares al cuadro que su hermana Ana Rosa tiene ahora en el living de su departamento, firmado por Juan y fechado en 1962. Con el dinero que obtuvo por la venta de algunos óleos, partió. Primero estuvo en Barcelona y luego se fue a París, donde participó en el taller de Hayter. Allí trabajó en grabados, los que ya hacía antes de irse de Chile. Acá fue parte del taller de Nemesio Antúnez.Mientras vivía en Francia, el embajador de Chile en Washington en esos años, Radomiro Tomic, lo invitó a realizar una exposición en Estados Unidos. Fue en esa oportunidad cuando conoció a Marilys Belt, quien se convertiría en su esposa.Juan nunca dejó de volver a Chile cada año. Nunca, tampoco, dejó de escribirle a su hermana Ana Rosa. A veces le enviaba páginas escritas a máquina, o bien postales con su propia caligrafía. Ana Rosa todavía conserva las cartas de Juan, debidamente dobladas dentro de un sobre. En una de ellas, le relata: "Es mediodía y estoy en mi taller ahora completamente vacío. Oigo música de Wagner, afuera hace sol y humedad. Nos han prometido tormenta y lluvia". Más abajo, le cuenta que el clima de esos días lo traslada irremediablemente a su infancia.–Era tan sensible que todo se le grababa –dice Ana Rosa Downey–. Tanto el dolor como la felicidad.Esa sensibilidad nunca se tradujo en desgano. Juan Downey siempre trabajó rigurosamente. Su rutina era metódica, su hermana asegura que ésa fue otra herencia del padre arquitecto que les transmitió a todos los hermanos, quienes se levantaban muy temprano para comenzar a trabajar.Sólo la enfermedad modificó su disciplina. Mientras estuvo en el Amazonas viviendo y retratando a distintas etnias –los yanomamis fueron, finalmente, los que más trascendieron en su obra–, Juan contrajo dos veces la malaria pese a haberse vacunado. Este mal no sería lo más grave: enfermó de cáncer al hígado, una dolencia con antecedentes familiares con la que vivió por varios años. "No era dolorosa", asegura su hermana, "lo sé porque lo llamábamos siempre. Una de mis hermanas viajó a acompañar a Marilys y estuvo con ella hasta el final".EN EL CENTRO DEL ARTEMarilys Belt conoció a Juan Downey el 22 de septiembre de 1964. Ha memorizado la fecha porque desde ese día no se separaron más.–Él inauguraba una muestra en la OEA, yo fui por otros motivos, pero la persona que me acompañó me dijo que me tenía que presentar a alguien. Ese alguien era Juan.Marilys estaba separada, Juan recién había llegado a Estados Unidos pero no pensaba quedarse, regresaría a Europa apenas acabara la muestra. Pero a la semana siguiente cenaron juntos y, así, Juan Downey se fue quedando en Estados Unidos, hasta establecer allí su residencia.–A mí me gustan las cosas claras: él se quedó porque le fue yendo bien, no por mí. Cuando estaba en París, el centro del mundo del arte estaba en París. Cuando se trasladó a Estados Unidos, el centro era Nueva York.Fue en Estados Unidos donde recibió el mayor reconocimiento. Downey ha sido el único extranjero en exponer en el Whitney Museum, dedicado al arte contemporáneo norteamericano. Ganó varias veces las becas Rockefeller, la Guggenheim y la de la OEA. Fue amigo del coreano Nam Jum Paik, y ambos son hoy llamados los precursores del video arte. Incluso ahora, la obra de Downey sobre los yanomamis es revisitada, gracias al esfuerzo que hace Marilys Belt para divulgar la obra de su esposo. Actualmente, una muestra individual llamada Convivencias se exhibe en el Museo Nacional de Costa Rica. Son 26 dibujos de la serie Meditaciones, realizados por Downey en la selva; un óleo, un fotomontaje de Yanomami I & II (expuestos originalmente en 1977), fotos de la tribu en situaciones cotidianas, trece videos y trece dibujos hechos a lápiz por los indígenas. Antes de que Downey llegara a visitarlos, no conocían el lápiz ni el papel.–Esa experiencia fue de un enorme impacto tanto en lo artístico como en lo espiritual –reconoce Marilys–. Juan, mi hija Elizabeth, de catorce años, y yo pasamos un año en el Alto Orinoco con los piaroas, guahibos y maquiritaris, y nueve meses viviendo con los yanomamis. Esta es la tribu más grande y más primitiva de la región. En ese entonces todavía estaban en la edad de piedra.Marilys ha trabajado para que la obra de Juan no se pierda pese a lo efímero de su formato. Por eso existe The Juan Downey Foundation, de la que ella es representante. Varias videoinstalaciones han sido adquiridas por particulares o por museos. El Reina Sofía tiene Trans Americas, las grabaciones de sus viajes al Amazonas. Un coleccionista chileno compró About cages. Y existe copia de los videos en el archivo del Centro Cultural Palacio de La Moneda. Para que Downey perdure en el tiempo.ANTIBELLEZAEl yanomami con el que se encontró Sergio Marras era, justamente, uno de aquellos a los que Downey filmó en sus viajes. Su método era casi antropológico: mientras estaba con una tribu, la filmaba, para luego mostrar esas imágenes a la siguiente tribu con la que viviera. Esas grabaciones fueron sólo parte del material que el artista produjo a partir de esa experiencia, que también se tradujo en fotografías, dibujos, grabados, instalaciones y fotocollages.Su amiga Evelyne Meynard, quien lo conoció en 1982 cuando llegó a Nueva York junto a su esposo, el artista Alfredo Jaar, destaca ese espíritu visionario de Downey al utilizar el video como medio artístico.–Lo usó en un momento donde no era evidente hacer esa elección. Además, fue pionero en ese campo y lo hizo de una manera sofisticada e intelectualmente brillante.Evelyne conoció muy bien a Juan y a Marilys. Muchas veces cenaron juntos en el loft que el matrimonio tenía en Manhattan, un sitio descrito por Evelyne como "antidiseño y antibelleza". En una carta al crítico de arte de "Sábado" de El Mercurio, Mario Fonseca, Meynard describió así la estética del lugar: "La belleza para ellos es más invisible, hay que tener habilidad para verla, está más cercana a la poesía que al mundo físico. Más conectada al misterio y a las emociones. Es una belleza más sincera, que no cuenta cuentos. Que sabe que esta vida no es jauja".En esa misma carta, Evelyne cuenta que las obsesiones de Downey eran los espejos y los pájaros. La parte del loft destinada a la casa estaba llena de pequeños vidrios que mostraban rincones invisibles a primera vista. "Eran tantos que uno, como visitante ocasional, tenía que hacer un esfuerzo para separar lo real de la ilusión devuelta por estos mágicos objetos", recuerda Evelyne. Y los pájaros vivían en jaulas gigantescas; metían tal ruido que a ratos se hacía difícil conversar.–Era rupturista pero no despelotado. Sí anárquico. Era capaz de ver el orden en el caos –describe Evelyne Meynard–. Era izquierdista renovado de una manera especial, porque a veces utilizaba discursos típicos de la izquierda acompañado de una expresión de cansancio en su rostro. Pero siempre fue anti-Washington, anti-imperialista, anti-capitalista.Sergio Marras también lo recuerda como un hombre de sólidos principios.–Tuvo la delicadeza y valentía de visitarme cuando yo estaba preso en Capuchinos, como tantos otros periodistas en la época de Pinochet, sin preocuparse de quedar fichado como todos los que nos visitaban.Son esos recuerdos los que hablan por Downey. Y también una huella menos precisa. El entusiasmo con que él se dedicó al arte resultaba contagioso, y su hermana, Ana Rosa, lo ha vivido íntimamente a través de dibujos y colores. Muy cerca del óleo que Juan pintó en 1962 y que ahora adorna el living de su departamento, Ana Rosa ha colgado un cuadro firmado por ella.–Sin pensar en Juan, el año en que murió yo comencé a pintar. He ido aprendiendo –dice Ana Rosa, y tímidamente muestra la habitación que ha acondicionado como taller, donde hay desnudos dibujados a carboncillo y algunos óleos–. Una vez saqué un color muy especial. Mi profesora, que conoció a mi hermano, me decía que Juan estaría muy feliz si hubiera visto ese cuadro. Lo habría disfrutado. Yo lo siento así.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

gracias por compartirlo...

2:10 PM  

Post a Comment

<< Home